la otra orilla
Escritos sobre la arena...
En una epoca de engaño universal,
decir la verdad es un acto revolucionario.
George Orwell
If you want
to make peace with your enemy,
you have to work with your enemy.
Then he becomes your partner.
Nelson Mandela

Por que este Blog...?
Cuando comence esta aventura cibernetica y abri el blog lo hice con la intencion de publicar el contenido de mis libros, los articulos de opinion escritos en el diario La Prensa de Panama y en otros medios, algunos textos literarios ineditos y mis links favoritos. Poco a poco, y sin experiencia en esto de construir un sitio en la red, arme "la otra orilla". El nombre se lo puse porque me resulta simbolico en muchos aspectos.
Hoy por hoy me encuentro transplantada en Oriente Medio, en uno de los puntos de conflicto mas candentes y desde aqui quiero dialogar con la otra orilla, con las miles de otras orillas que serpentean por el planeta. Ademas, tengo la extraña sensacion de encontrarme en la otra orilla, cuando miro, desde este balconcito levantino, lo que ocurre en el resto del mundo.
La otra orilla es, tambien, la terca esperanza de paz y justicia que no muere, aun cuando, dia a dia, vemos como se nos resquebraja y derrumba esta tierra que es de todos. La excusa perfecta para construir un puente de palabras y de solidaridad humana.
Gracias por estar aqui...

Nunca habrá una solución militar
Daniel Barenboim, la música de la esperanza en el estruendo del conflicto. El creador de la Orquesta West-Eastern Divan, en la que participan jóvenes músicos judíos y palestinos, describe su relación con Israel, desde su llegada de niño a un Estado recién nacido hasta el progresivo distanciamiento
El Pais
En las paredes de mi vestuario de la Staatsoper de Berlín hay fotografías que me recuerdan lo que veo cuando miro por la ventana de mi casa en Jerusalén. Están un poco descoloridas y en algunas partes el papel se está deshaciendo, pero es fácil reconocer las vistas: la Ciudad Vieja, la Mezquita de la Roca con su refulgente cúpula, los muros, las puertas. A veces me siento aquí antes de actuar, observo esas fotografías y pienso en Jerusalén, en Israel, en mi patria. Parece que antes de 1989, esta habitación era un refugio de la Stasi, la policía de Alemania del Este; si yo fuera un sentimental, no hay duda de que el hecho me ayudaría a dejar de serlo, pero no lo soy. La situación en Oriente Próximo me resulta demasiado cercana, es demasiado personal como para que pueda caer en el sentimentalismo.
Desde 1952 poseo pasaporte israelí. Desde que tengo 15 años viajo por el mundo en mi calidad de músico. He residido en Londres y en París, y durante años he vivido entre Chicago y Berlín. Antes de tener pasaporte israelí, lo tenía argentino; y después adquirí el español. Además, en 2007 me convertí en el único israelí del mundo que también puede enseñar un pasaporte palestino en los puestos fronterizos israelíes. Soy, por así decirlo, una prueba patente de que sólo una solución pragmática basada en la existencia de dos Estados (o, mejor aún, aunque suene absurdo, una federación de tres Estados: Israel, Palestina y Jordania) puede llevar la paz a la región. ¿Cómo respondo a quienes me dicen que soy ingenuo, sólo un artista? Les digo que, aunque de niño estrechara la mano de Ben Gurion y de Simon Peres, no soy un político: lo que siempre me ha interesado es la humanidad, no la política. En ese sentido, me siento capaz de analizar la situación y, como artista, especialmente capacitado para hacerlo.
Tanto mis abuelos paternos como maternos eran judíos rusos que huyeron a Buenos Aires durante los pogromos de 1904. Por desgracia, nunca pregunté mucho a mis padres sobre la historia de nuestra familia. En primer lugar porque, de niño, estaba muy centrado en mí mismo y, en segundo lugar, porque entonces era normal que estuviéramos en una situación de cambio permanente. Sin embargo, la historia de mis abuelos paternos es muy especial. Cuando llegaron al puerto de Buenos Aires (él con 16 años, ella con 14), después de una larga y espantosa travesía, les anunciaron que sólo las familias podían desembarcar, porque el cupo de solteros ya estaba cubierto. Los dos estaban solos y mi abuelo agarró a mi abuela y le dijo: "¡Casémonos!". Y así lo hicieron. Una vez en tierra, cada uno se fue por su lado. Después de dos o tres años se reencontraron por casualidad, se enamoraron y pasaron el resto de su vida juntos.
Esta abuela era una ferviente sionista. Ya en 1929 se fue a Palestina durante seis meses con sus tres hijas -entre ellas mi madre, entonces de 17 años- para comprobar si se podía vivir allí. Por su parte, la familia de mi padre estaba totalmente asimilada: para ellos, la Tierra Santa no tenía importancia, por lo menos hasta que descubrieron mi talento musical. De repente, para mis padres cobró importancia que yo, en mi calidad de futuro artista, debía crecer dentro de una mayoría y no de una minoría ubicada en algún punto de la diáspora judía. Se podría decir que la convicción de que la normalidad sería un elemento fundamental para mi desarrollo intelectual avivó aún más el sionismo de mi abuela, de manera que la familia Barenboim decidió emigrar a Israel.
La primera escala de ese largo viaje fue Salzburgo, donde participé en el concierto de clausura de la clase magistral que impartía en verano el director Ígor Markevitch. Tardamos 52 horas en realizar todo el periplo, con paradas en Montevideo, Río de Janeiro, São Paulo, Recife, isla del Sol y Madrid. Posteriormente, en Roma, tomamos un tren con dirección a Salzburgo. A los nueve años, yo sólo hablaba español y un poco de yiddish, que había aprendido de mi abuela. Eso no era un gran problema, ya que no pretendíamos quedarnos en Austria y, en general, yo estaría en compañía de otros músicos. Aunque en Buenos Aires no había sido consciente de que ser judío pudiera ser un problema, en Salzburgo sí empecé a percibirlo. Un día, unos amigos hebreos me llevaron a una imponente cascada de Badgastein y me dijeron que, durante la época nazi, habían arrojado allí a judíos. Así atisbé por primera vez cuál había sido la suerte del pueblo judío. Los relatos del Holocausto que relataban mis padres también me habían perturbado profundamente, aunque en esa época no pudiera comprenderlos del todo.
En diciembre de 1952 llegamos a Israel. Era invierno, el año escolar ya había empezado, y yo tenía que aprender otro alfabeto y otro idioma. No fue nada fácil, pero, como era un chico poco complicado y extrovertido, no tardé en adaptarme, comenzando así una nueva vida, maravillosa y muy intensa. Todo estaba a punto de cambiar y de avanzar. ¡Imagínense que fue precisamente en las calles de Tel Aviv donde aprendí a jugar al fútbol! Posteriormente, entré a formar parte de un movimiento juvenil y todavía recuerdo lo mucho que menospreciábamos a los hombres con bigote y a las chicas de labios pintados. Teníamos la sensación de que eran superficiales, que simplemente no tenían sustancia.
Como mi familia no tenía dinero, al principio nos mantuvo un tío de Brasil. En la actualidad, su hija es la embajadora brasileña en Eslovenia (por lo menos un Barenboim llegó a algo...). En cuanto al apellido, en consonancia con el nuevo espíritu de confianza en sí mismos que mostraban los judíos israelíes, a mi familia la instaron a traducirlo al hebreo. Ben Gurion, por ejemplo, al que yo admiraba enormemente como hombre de Estado y como visionario, procedía de la ciudad polaca de Plonsk y se llamaba en realidad David Grün. Fue él quien trató de convencer a mis padres de que yo nunca me haría famoso con el apellido Barenboim (la versión yiddish de Birnbaum, peral). Tenía la sensación de que Agassi (pera en hebreo) sería mucho mejor. Siempre se podría pensar que yo era italiano. Sin embargo, a ninguno de nosotros le hacía ninguna gracia la idea.
Si hemos de atenernos a los hechos, no he pasado periodos muy prolongados en Israel. Estuve allí sólo entre 1952 y 1954, y desde 1956, hasta comienzos de los sesenta. Cuando no acudía al colegio, estaba de gira dando conciertos en Zúrich, Ámsterdam o Bournemouth. Durante el invierno de 1954 fui a París a estudiar durante año y medio contrapunto y composición con la afamada Nadia Boulanger, conocida por su carácter estricto. Ella me enseñó que el músico ideal debe pensar con el corazón y sentir con la cabeza. Mis padres me acompañaban en todos mis viajes, ya que pensaban que yo necesitaba tener una vida familiar lo más normal posible.
Las consecuencias de la guerra habían dejado profundas cicatrices en la Europa de los años cincuenta. Al estar a caballo entre dos mundos, el contraste entre el Viejo Continente e Israel me parecía especialmente acusado. En esa época, éste era el Estado más social e idealista que se pudiera imaginar. Fue una suerte que el país y nosotros fuéramos jóvenes al mismo tiempo. Nadie tenía la sensación de estar trabajando para el Estado, porque no existía tal cosa. El Estado evolucionaba literalmente ante nuestros propios ojos y alimentaba nuestro idealismo, nuestro compromiso diario, nuestro trabajo. Los judíos de Israel ya no tenían que ocupar únicamente las llamadas profesiones liberales desempeñadas en la diáspora (las de artista, abogado, médico o banquero), sino que también podían dedicarse a la agricultura, o ser policías, soldados o, llegado el caso, hasta delincuentes. El Estado y la patria, la patria y el Estado se fundieron hasta convertirse en una sola cosa.
La izquierda israelí, el Partido Laborista, estuvo en el poder hasta 1977, algo que se olvida con frecuencia. Fueron 29 años. ¿Y por qué? Después de la Guerra de Independencia de 1948, los tradicionalistas no tenían nada que hacer, puesto que la contienda ya estaba ganada. Los judíos religiosos seguían esperando al Mesías. De manera que lo que quedaba eran los socialistas. Los vientos no cambiaron hasta después de la Guerra de los Seis Días de 1967. La idea de un Israel de base perdió pie. De repente, había mano de obra más barata procedente de los territorios palestinos y, no mucho después, aparecieron los primeros millonarios israelíes. El sistema socialista perdió su equilibrio; la concepción del Estado se tambaleó.
Yo me crié en Israel con una cultura y unos valores europeos; la directora de mi instituto de secundaria era historiadora del arte, la clase de mujer que uno encontraría en Berlín-Dahlem. A mí esto me venía al pelo, porque en mi fase de rebeldía adolescente no quería tener relación alguna ni con Argentina, ni con la lengua española, ni con nada que tuviera que ver con la diáspora. Para mí, todo eso era historia. Lo que contaba era el presente y el futuro de Israel. A los 19 o 20 años me convocaron para realizar el servicio militar obligatorio en el Ejército argentino. Logré posponer el alistamiento dos veces, hasta que finalmente aduje que mi ciudadanía israelí debía eximirme de ese servicio. El resultado fue que, a excepción de Israel, podía ir a cualquier sitio con mi pasaporte argentino, y que con el israelí podía viajar a cualquier lugar, salvo a Argentina.
En 1966 conocí a la violonchelista Jacqueline du Pré en Londres. Ambos sentimos inmediatamente una atracción mutua, tanto personal como musical, y dos o tres meses después decidimos casarnos. Sin influencia alguna por mi parte, a Jacqueline se le ocurrió convertirse al judaísmo. La idea de tener algún día hijos influyó en su decisión, así como el hecho de conocer a muchos grandes músicos judíos. Su conversión no siempre fue una bendición para su carrera; se podía leer y escuchar que había entrado en la "mafia musical judía". Ben Gurion, que no tenía mucho interés en la música, acudió a nuestra boda. Le impresionaba que una chica inglesa no judía pudiera identificarse tanto con su país. El 31 de mayo, cuando la guerra parecía inevitable, volamos a Israel en uno de los últimos aviones de pasajeros. Tocamos casi todas las noches. El último concierto tuvo lugar el 5 de junio en Beersheba, una localidad situada a mitad de camino entre Tel Aviv y la frontera con Egipto. Al abandonar la sala para dirigirnos en coche a casa, comenzamos a ver los primeros tanques avanzando hacia nosotros.
Después de 1967, Israel volvió mucho más la vista hacia Estados Unidos, no necesariamente para su propio beneficio. Los tradicionalistas decían: "No abandonaremos los territorios recién ocupados". Los judíos religiosos, que no eran "territorios ocupados sino liberados, son territorios bíblicos". Y de esta forma se selló el fin del socialismo en Israel. Desde entonces, la política internacional ha instrumentalizado el conflicto de Oriente Próximo. Llevamos décadas leyendo titulares sobre explosiones de violencia. Las guerras y las acciones terroristas se suceden, consolidando la situación en la mente de la gente. Hoy en día, en la época de la guerra de Irak y el conflicto con Irán, apenas se leen noticias sobre el asunto, lo que es todavía peor. Muchos israelíes sueñan con despertarse un día para ver que los palestinos se han ido, y éstos con lo contrario. Ni uno ni otro bando pueden diferenciar ya entre el sueño y la realidad, y, psicológicamente, éste es el quid del problema.
Desde la década de 1960 no me siento cómodo en Israel. Por supuesto, es mi patria; mis padres vivieron allí y ambos están enterrados en Jerusalén. Siempre que ha habido guerra en Israel, he tocado en el país: en 1956, 1967 y 1973. La música ha sido mi lengua, mi arma. Sin embargo, después del Septiembre Negro de 1970, Golda Meir dijo: "¿Por qué se habla de los palestinos? ¡Nosotros somos el pueblo palestino!". En ese momento caí en la cuenta de que esa posición era moralmente inaceptable. Sí, los judíos tenían derecho a un Estado propio y también a este Estado concreto. El Holocausto y la culpabilidad de los europeos después de 1945 incidieron aún más en esa reivindicación. Sin embargo, se olvida con demasiada facilidad que existía un sionismo moderado, que desde el principio personas como Martin Buber declararon que el derecho a tener un Estado judío debía hacerse aceptable para la población local, para los no judíos. Por su parte, el sionismo más combativo no profundizó en esta mentalidad. Incluso hoy en día sigue basándose en una mentira, es decir, que la tierra ocupada por los judíos estaba vacía.
En la actualidad, muchos israelíes no tienen ni idea de lo que sienten los palestinos, de cómo es la vida en una ciudad como Nablus, una prisión con 180.000 reclusos en la que no hay ni restaurantes, ni cafés ni cines. ¿Qué ha ocurrido con la famosa inteligencia judía? Ni siquiera estoy hablando de justicia o de amor. ¿Por qué se continúa alimentando el odio en la franja de Gaza? Nunca podrá haber una solución militar, porque dos pueblos luchan por una sola tierra. Por fuerte que sea Israel, siempre sufrirá inseguridad y miedo. El conflicto se devora a sí mismo y al alma judía, y siempre se le ha permitido que lo haga. Quisimos hacernos con tierras que nunca pertenecieron a los judíos y construir en ellas asentamientos. En ese hecho, los palestinos ven, y con razón, una provocación imperialista. Su resistencia, su no, es absolutamente comprensible, pero no los medios que utilizan para llevarla a cabo, ni tampoco la violencia o la inhumanidad indiscriminada.
Los israelíes debemos finalmente encontrar el valor para no reaccionar ante esa violencia, el valor de ser fieles a nuestra historia. Los palestinos no podían esperar que después del Holocausto nos ocupáramos de alguien que no fuéramos nosotros mismos: teníamos que sobrevivir. Ahora que lo hemos hecho, unos y otros debemos mirar colectivamente hacia delante. Aún no ha nacido el primer ministro israelí capaz de esa empresa. Fundamentalmente, hoy en día no hemos avanzado nada respecto a 1947, cuando las Naciones Unidas votaron la partición de Palestina. Peor aún: en 1947 todavía era posible imaginarse un Estado binacional, pero, 60 años después, parece algo inconcebible. Hoy en día, los israelíes, al referirse a una solución basada en la existencia de dos Estados, hablan de separación, de divorcio: ¡qué cinismo! Normalmente, los divorcios afectan a personas que en su día se quisieron...
Esta situación me hace sufrir, y todo lo que hago tiene algo que ver con ese sufrimiento, ya sea dirigir obras de Wagner en Israel (¡y desde luego no fui el primero en hacerlo!), citar la Constitución israelí en la Knesset, fundar la Orquesta West-Eastern Divan junto al escritor Edward Said, organizar una escuela musical infantil en Berlín o, como ha ocurrido hace poco en Jerusalén, ofrecer un concierto para los dos pueblos. Algunas de estas actividades obtienen una atención exagerada de los medios de comunicación, pero yo las hago porque me enloquece comprobar hasta dónde podemos llegar cada día los judíos con nuestras injusticias, y lo mucho que ponemos en peligro la futura existencia de Israel. Por cínico que parezca, me alegro de haber nacido en 1942 y no en 1972. Tal como están las cosas, por fortuna no viviré para ver el día en que sea posible la desaparición del Estado judío, del mismo modo que no asistiré al momento en que la música clásica quizá ya no tenga ninguna presencia ni en nuestra mentalidad ni en nuestros sentimientos.
Hace años que no vivo en Israel y soy muy consciente de que mi perspectiva es la de un forastero. A veces, la gente me pregunta "¿qué es un judío?". La respuesta es la siguiente: un judío que tiene experiencias antisemitas en el Berlín de 2008 es diferente al que las tenía en 1940. El de 1940 se sentía amenazado; el de la actualidad puede pensar en su propia tierra, en Israel. Hoy en día puedo decirle al antisemita que "o bien aprendes a vivir conmigo o podemos seguir cada uno nuestro camino. Y punto", y esto supone una diferencia fundamental. A medio plazo, soy pesimista respecto a Oriente Próximo, pero a largo plazo soy optimista. O encontramos una forma de vivir con el otro o nos matamos. ¿Qué es lo que me da esperanza? Hacer música. Porque, ante una sinfonía de Beethoven, el Don Giovanni de Mozart o Tristán e Isolda de Wagner, todos los seres humanos son iguales.
EL PAÍS entrevista a Yoani Sánchez, la blogera cubana reconocida con un premio Ortega
"Los cambios llegarán a Cuba, pero no a través del guión del Gobierno"
El Pais
El último año de Yoani Sánchez ha sido vertiginoso. En marzo de 2007, después de una espontánea protesta intelectual conocida como la guerra de los email, esta filóloga habanera de 32 años decidió comenzar con Generación Y, un blog que concibió como un ejercicio de "terapia personal" después de que "el silencio y la evasión" no le resultaran. Poco a poco, colgar en la Red sus "desencantadas viñetas" de la realidad cubana se convirtió en razón de ser, y ese exorcismo, que ella define como "periodismo ciudadano", despertó la atención de numerosos medios de prensa extranjeros.
En los últimos meses, la página de Generación Y recibió millones de entradas, y el pasado 4 de abril Sánchez fue merecedora del Premio Ortega y Gasset en la categoría de periodismo digital. Hace sólo unos días la revista Time la incluyó en su lista de los 100 personajes más influyentes del planeta en la categoría de Héroes y pioneros. La espiral de acontecimientos continuó hasta el martes, cuando finalmente supo que no podría viajar a Madrid a recibir el premio de EL PAÍS.
Pregunta. ¿Qué piensa de lo ocurrido?
Respuesta. Todo ha sido vertiginoso. Nunca calculé que iba a ser así. En mi vida real poco ha cambiado, a no ser porque ahora me llaman más periodistas. Sigo siendo una ciudadana y continúo con las mismas inquietudes que cuando comencé, aunque sí me he vuelto más aguda al observar. Lo que más me alegra es desde donde he llegado. No ha sido por linda, ni por dar discursos desde una tribuna, ni por tener un ascendente religioso sobre una multitud. He llegado de la manera más simple y más anónima, como una ciudadana que escribe de lo que ve y que reflexiona de su realidad. El hecho de que el Premio Ortega y Gasset y Time hayan reparado en una persona como yo y hayan reconocido esa pequeña cosa me sorprende gratamente. Uno está acostumbrado a que sean siempre los famosos los que recogen los lauros.
P. ¿Qué razones le han dado para no permitirle viajar a España?
R. Realmente no me han dado razones. Tampoco me han dicho que me prohibían la salida. Todo este tiempo la única respuesta ha sido: "No hay respuesta, su caso se está analizando". Pero sin dar la cara. El martes, que era el último día para poder coger el avión, fui a las oficinas de inmigración y me dijeron que todavía no había "nada". Así que he cambiado la fecha del viaje para junio, a ver si entonces ya se ha eliminado el famoso "permiso de salida", como todo el mundo espera.
P. ¿Desde que comenzó con Generación Y ha sufrido represalias?
R. Nadie ha tocado en mi puerta, lo cual no significa que no pasen cosas. Podría decir que me vigilan, que intervienen mi teléfono, que asustan a mis amigos, pero no tengo pruebas. Son especulaciones a partir de cosas que pasan. Quizás la única represalia concreta ha sido no permitirme viajar a España a recoger el premio.
P. Hasta ahora no se consideraba disidente, sino un “electrón suelto”.
R. Sigo sin considerarme disidente.
P. Pero por diferentes motivos su caso se ha politizado. ¿No teme dejar de ser la bloguera fresca Yoani Sánchez para convertirse en una opositora más?
R. No tengo ese temor. Todo fenómeno que nace nuevo es susceptible de ser manipulado e interpretado, es la ley de la vida. Yo sigo escribiendo mis textos, pienso cada vez desde una óptica más honesta. No me preocupa que pueda ser usada por un bando o por otro. Si mi discurso es elástico, si sirve para muchos, pues perfecto para ellos y para el discurso. Pero no quiero estar aclarando a cada rato que no pertenezco a una determinada línea política. Lo que hizo el martes el Gobierno al no dejarme salir tenía una dosis alta de riesgo. En el cálculo que hizo sopesó que todo el escándalo posterior era preferible a dejarme salir. Bueno, pues entonces se soltaron los demonios, pero yo no soy la responsable de los demonios. Creo que la mejor respuesta a las manipulaciones es lo que yo hago cada día: decir no a la violencia verbal, no a la desacreditación, no a los extremos. Y seguir con mi visión ciudadana. Son mis textos los que dicen de mí misma, no las declaraciones e interpretaciones que hagan otros.
P. ¿Cómo calificaría su blog?
R. Mi blog es un exorcismo personal que de pronto se ha encontrado con otros que también tienen sus demonios, y se ha convertido en una confluencia de demonios e historias similares. Sobre todo se ha convertido en un foro de discusión: ahora mismo lo más importante de Generación Y no son mis textos, sino los comentaristas.
P. ¿Cree que hay un nuevo momento político en Cuba?
R. Hay el intento de hacer creer que hay un nuevo momento. Pero a mi vida real todavía no llegan las evidencias de ese nuevo momento. Sí creo que hay una nueva actitud en los ciudadanos, una actitud más crítica. Y noto en los oportunistas cierta tendencia a no salir al paso, algo que es un buen termómetro en estas situaciones. Pero la intolerancia política, me parece, ha cedido poco.
P. Mucha gente en Cuba cree que lo mejor es que el sistema evolucione, que las transformaciones provengan de dentro, aunque sean lentas. ¿Qué piensa?
R. Que las transformaciones tienen que ser lentas está claro, pero tengo mis dudas sobre si provienen del sistema. No se puede transformar y mejorar lo que está enfermo en su esencia. Este sistema ha probado que es incapaz de proveer a sus ciudadanos de bienestar material y de lograr que realicen muchas de las cosas con las que sueñan. Es deber del Gobierno implantar las nuevas medidas, pero creo que también deberían empezar a pensar en desmontar el sistema.
P. ¿Cambio de sistema o cambios en el sistema?
R. De sistema
P. ¿Y hacia qué modelo?
R. Uno de los grandes argumentos que se utiliza para defender la revolución cubana es que hemos logrado hacer un socialismo sui géneris. ¿Por qué no podríamos hacer un capitalismo sui géneris? Lo que necesita este país es una inyección de creatividad y de libertad para producir, y el socialismo es una camisa de fuerza a todo eso.
P. ¿Los pequeños cambios que se han visto hasta ahora anuncian otros de mayor calado?
R. Todos estos cambios tienen un objetivo claro: conservar el poder. Pienso que la idea es proporcionar cierto bienestar a la población, relajar un poco las tensiones acumuladas. ¿Hasta dónde lo pueden llevar? Justo hasta donde empiece a peligrar el control que tienen sobre la sociedad. Allí lo van a dejar. Hoy no hay presión popular para empujar en la dirección de los cambios, pero son las condiciones materiales lo que más presiona. Necesariamente se tendrá que dar mayor autonomía económica a las personas y eso traerá autonomía política. Los cambios llegarán, pero no creo que a través del guión del Gobierno. Su guión dará algo de sí, pero la gente tomará el resto.

El Pais
La filóloga Yoani Sánchez probablemente no podrá acudir a Madrid para recibir el Premio Ortega y Gasset de Periodismo al no haber obtenido hasta ahora permiso de las autoridades cubanas para salir del país. Sánchez, autora del popular blog Generación Y, fue galardonada en la categoría de Periodismo Digital por un jurado presidido por el catedrático Gregorio Peces-Barba que valoró su información "vivaz y directa" y "el ímpetu con que se ha incorporado al espacio global del periodismo ciudadano".
Tanto la blogera cubana como los promotores del Premio, otorgado desde hace 25 años por el diario EL PAÍS, han agotado todas las vías administrativas existentes para lograr que Sánchez viaje a España para asistir a la ceremonia de entrega, que se celebrará el miércoles próximo. Sin embargo, hasta el momento dichas gestiones sólo han tenido por respuesta el silencio administrativo de las autoridades cubanas, lo que hace prever que finalmente la periodista no podrá salir del país.
En conversación telefónica desede La Habana, Sánchez se mostraba "pesimista", pero se agarraba todavía a la esperanza que técnicamente podría viajar a Madrid si mañana recibiera el permiso. "No tengo ninguna respuesta por parte de las autoridades; el caso está detenido", explica Sánchez, quien añade que "la burocracía cubana es muy críptica" y, por tanto, es imposible interpretar cuáles van a ser los pasos siguientes. "Tenía que volar el pasado sábado, pero perdí el vuelo al no lograr respuesta de las autoridades y trasladé el vuelo al martes. Sigo sin respuesta y soy pesimista pero tendré esperanza hasta el último momento", explica.
Sánchez, de 32 años de edad, considera que el caso es un "test perfecto" para comprobar si la apertura anunciada por Raúl Castro es real o queda simplemente en discursos. Pese a que su blog ha recibido mucha atención en el exterior, nunca ha salido de Cuba para promocionarlo o recibir un premio. El viaje a Madrid coincide con la supuesta apertura del Gobierno, pero hasta ahora la respuesta no prefigura ningún avance. "Ahora veremos si está cambiando algo realmente o no", recalca.
La cronista de la vida cotidiana en Cuba considera que los problemas que se está encontrando para recibir el premio en Madrid sirve más para entender la realidad de la isla que todos los posts que ha escrito en un año. "Es la viñeta de la realidad más concluyente que todo lo que he escrito" subraya sin perder nunca la esperanza. Estos textos, añade, le han valido "mucha simpatía en la calle", pero también ha percibido que algunos conocidos se han alejado de ella por temor.
Sánchez, una persona influyente
Sánchez ha sido incluida este mes en la lista de las '100 personas más influyentes' del planeta que publica la prestigiosa revista Time. Su blog está inspirado en jóvenes "en la Cuba de los años 70 y los 80, marcados por las escuelas al campo, los muñequitos rusos, las salidas ilegales y la frustración".
La cubana puso hace unos días de relieve en dicho blog el contraste entre las informaciones que inundan los informativos de toda la prensa internacional en relación con la línea aperturista del régimen cubano y la realidad que siguen viviendo los ciudadanos de la isla: "Ayer me han llamado desde España -últimamente las informaciones viajan al extranjero y después rebotan sobre nosotros- para anunciarme que ya no era necesario el permiso de salida. Casualmente, al momento de recibir la noticia me iba a la oficina de Consultoría Jurídica, donde hago los trámites para viajar. Muy poco me duró el alegrón, pues una oficial de Migración me aclaró que nada de eso, que la tarjeta blanca y los ciento cincuenta pesos convertibles siguen vigentes. De manera que doblé la cerviz, pagué la tarifa y blasfemé un rato contra los rumores que no se materializan, contra las expectativas que no se fraguan?"
El jurado de los Premios Ortega y Gasset que otorgó el galardón a Yoani Sánchez estaba integrado, además de por Peces-Barba, figuras del mundo de las artes y la cultura como la actriz Blanca Marsillach, los periodistas Àngels Barceló y Antonio Franco, el filósofo Fernando Savater y los cuatro directores que ha tenido EL PAÍS: Juan Luis Cebrián, Joaquín Estefanía y el actual, Javier Moreno (Jesús Ceberio, ausente, delegó su voto). El director de Relaciones Institucionales de PRISA, Basilio Baltasar, actuó como secretario.
"Con los juguetes chinos se compra sangre de presos"
El Pais
Tras leer las páginas escritas con sencillez por Harry Wu pasará un tiempo antes de que usted pueda volver a disfrutar de un crujiente rollito de primavera en un restaurante chino. "Después de comer, vinieron dos reclusos de guardia a retirar el cadáver. Extendieron una jarapa de juncos de un metro ochenta en el costado del kang, colocaron el cuerpo encima, lo enrollaron como si fuera un rollito de primavera y se lo llevaron. Yo sabía que al día siguiente lo cargarían en el carro de bueyes, y que más tarde sería transportado, junto a los demás rollitos, hasta un lugar al que llamaban el 586". Ésa era la última estación de los cadáveres.
Apenas se sabía nada sobre los campos de detención creados en China tras la guerra de liberación, en 1949. Era un tema prohibido. Un secreto doloroso de recuerdos humillantes guardado celosamente por los supervivientes. Hasta que Harry Wu decidió romper ese silencio con el libro Vientos amargos. Memorias de mis años en el gulag chino, de próxima publicación en España por Libros del Asteroide. Él dice que es el testimonio de un hombre ya libre.
"En el mundo se conocen los campos de concentración nazis y el GULAG soviético, pero apenas se sabe nada sobre la articulada complejidad del sistema de campos de trabajos forzados que habían mantenido, y mantienen, encarcelados a millones de ciudadanos chinos en condiciones brutales y deshumanizadoras, y en la mayoría de los casos, sin sentencia ni juicio previo".
Habla Harry Wu, cuyo nombre en 1957 era Wu Hongda, y quien se creyó el reto lanzado por el presidente Mao de "dejad que cien flores florezcan y que cien escuelas de pensamiento discutan". Criticó con dureza la campaña política de 1955 contra los contrarrevolucionarios y fue acusado de "derechista", delito por el que pagó con 20 años de su vida en el laogai, los oscuros campos de trabajo chinos. "A la primavera temprana le siguió una repentina helada", dice Wu. No hay cifras. Pero hasta 37 millones de chinos, sostiene, podrían haber muerto dentro de los altos muros de los laogai.Su peso se redujo a los 36 kilos. Comió ratas -un lujo, al fin y al cabo era carne-. Se defendió a golpes. Nunca tuvo la oportunidad de conocer el sexo, de hacerle el amor a su novia. Afortunadamente, perdió el miedo porque desgraciadamente perdió la esperanza. ¡No tuvo fuerzas para escapar porque ni siquiera sentía miedo! Llegó a la conclusión, cuando contaba veintipocos años, de que sus valores de humanidad y respeto carecían de sentido en un marco como el que él habitaba. "La vida humana carecía de valor", reflexiona. "En aquellos días de represión me acordé de la práctica tradicional de vendar los pies. Habíamos cambiado esa costumbre por el vendaje de las ideas". El encierro en solitario le libró del temor a sufrir. En una celda de cemento llegó al límite de su capacidad. Dice que después de conocer el abismo negro de la desesperación "no había nada" que le asustara.
Liberado en 1979, logró salir de China en 1985. Fue encarcelado con 23 años y salió libre con 42. "Llegué a San Francisco con 40 dólares en el bolsillo". Había conseguido un puesto de profesor de geología en la Universidad de Berkeley. Pero trabajaba en la tienda de donuts del campus para poder sobrevivir. Incluso a veces dormía allí. O en un banco. "¡Pero podía comer todos los donuts que quisiese!", dice ahora, ensayando una sonrisa. "Aunque después de aquello ya no fui capaz de comer ninguno más". "Nadie sabía de sus penurias. Aunque para él nada tenían que ver con su aislamiento anterior del mundo. "Era libre", confiesa hoy en la sede de la Fundación Laogai, en Washington, fundada por él en 1992.
Entre andamios, telas de los pintores tiradas por el suelo y pruebas de colores en las paredes, Wu recibe a EL PAÍS un mediodía de primavera. Y lanza una pregunta antes incluso de estrechar la mano: ¿dónde está España?, ¿no piensa hacer nada para parar este régimen sangriento? Aparenta los 71 años que tiene. Está ágil aunque luce una pequeña barriguita, quizá como venganza por tantos y tantos años de hambre. Pero cuando anda parece que arrastra siglos de dolor que le lastran el paso. Sonríe y se le ilumina la cara. Pero la mirada sigue apagada. Muerta.
Pregunta. ¿Qué es el laogai?
Respuesta. El laogai es muy común en China. Nadie habla de encarcelamiento. Se habla del laogai. Es el vasto sistema de reforma por el trabajo que existe en la República Popular China. Lo creó el Partido Comunista bajo la dirección de Mao Zedong, y servía entonces y sirve hoy como un instrumento de la dictadura para detener y encerrar tanto a los disidentes políticos como a los criminales. Lao significa trabajo; gai, reforma, lavado de cerebro.
P. ¿Cuál es la función política del laogai? ¿Y la económica?
R. Muy sencillo. Usar a los prisioneros como fuerza barata de trabajo, incluso gratuita, en manos del Partido Comunista y reformar a los reos a través del trabajo duro y el adoctrinamiento político. Desde el punto de vista económico, se explota a los prisioneros para financiar con divisas el régimen comunista. En 1991, el Congreso de Estados Unidos aprobó una ley que prohibía las importaciones de productos cultivados en campos de trabajo forzado. Y los chinos dicen que no lo hacen, que los productos de los campos laogai no son para exportación. Pero en realidad, sí. Lo que pasa es que son exportados indirectamente. Las empresas de laogai son los productores, pero no los venden directamente al extranjero, sino a una compañía de comercio estatal, y ésta, a su vez, los venden en el extranjero. La gente debería ser consciente de que, cuando se compra un juguete made in China, en muchos casos se están comprando las lágrimas y la sangre de un preso.
P. ¿De cuántos presos hablamos?
R. Imposible saberlo. No hay cifras. Puede ser tan alta como diez millones o quizá sólo cinco. Hoy día rondará los tres o cuatro. Tampoco sabemos el número de muertos, por inanición, enfermedad, palizas o frío, pero no bajará de los 37 millones.
P. Entonces, ¿existe hoy el laogai?
R. Existe como sistema. ¡Claro que existe! [sube el tono de voz, indignado]. Lo único que sucedió es que, tras una comparecencia mía en el Congreso de Estados Unidos y unas declaraciones al diario The Washington Post en las que decía que me gustaría ver incluida esa palabra en el diccionario de Oxford, pues... en China se armó gran revuelo y decidieron seguir con el mismo método, pero lavándole la cara. De laogai pasaron a llamarse cárceles..., pero es la misma tragedia olvidada.
P. ¿Quién ocupa hoy ese tipo de cárceles?
R. Eso ha cambiado algo. En China, en los primeros 30 años de la Revolución, entre 1949 y 1979, la mayor parte de estos encarcelados fueron prisioneros políticos. En China dividieron a la gente en diferentes clases. La clase burguesa, la clase propietaria, la clase trabajadora y la clase campesina. Las campesinas y trabajadoras las calificaron como las clases revolucionarias. La burguesa y la propietaria, hicieran lo que hicieran, eran las enemigas de clase. Lo que sucedió es que muchas, muchísimas personas, sólo por pertenecer a una de esas dos clases, fueron enviadas a los campos. En los primeros 30 años, tal vez el 80% de los prisioneros estaba allí simplemente por su clasificación social. Ahora, en los campos de prisioneros las cifras se han invertido. El 80% son presos comunes, y el 20% restante, políticos. Pero quiero dejar algo bien claro. Ya seas un violador, un narcotraficante o un ladrón de bancos, y aunque nada tengas que ver con política, te siguen mandando al laogai y, previamente, tienes que renunciar a tus creencias políticas y religiosas. Tienes que reconocer que vives por y para el comunismo, ése es el objetivo.
P. ¿Cómo es posible que en China existan 13.000 trasplantes de órganos al año si no hay donaciones?
R. De nuevo la misma respuesta: laogai. El primer país del mundo en trasplantes de órganos es Estados Unidos (50.000, todos registrados); el segundo, China. De esos 13.000 trasplantes, el 95% procede de prisioneros ejecutados. Nuestra fundación estima que cada año existen entre 8.000 y 10.000 aniquilados en los campos de trabajo. La farsa llega tan lejos que la exposición conocida como Bodies, que exhibe las entrañas de los cuerpos humanos, se componía de cadáveres de ciudadanos chinos. La compañía americana que lo financió se llama Premier... Una de las exhibiciones fue en Rosslyn [afueras de Washington]. Yo la vi. Y comprobé que eran todos chinos jóvenes y varones. Quisimos preguntar al Gobierno chino: ¿quiénes son?, ¿quieres ver allí a tu hermano? Claro que no. Pero no hubo respuesta.
P. ¿No salva nada de los casi 60 años de República Popular China?
R. Sin derechos humanos no hay nada que salvar. China tiene una ley de control de la población. Eso es un tema de derechos humanos. Cada mujer en China, el 22% de la población mundial total, y no es ninguna broma el dato, no tiene importancia si está casada o soltera, pero tiene la obligación de pedir permiso al Gobierno si quiere tener hijos. Dar a luz es un derecho humano, pero el Gobierno lo impide. Además, sólo se permite tener un hijo o una hija. Ese hijo aprenderá lo que son hermanos y hermanas en el diccionario porque jamás los tendrá. Tampoco tendrá tíos o tías... Ésa es la realidad. En China no hay libertad. Ni de pensamiento, ni de reunión, ni de religión.
P. China se está preparando para un gran acontecimiento este verano: los Juegos Olímpicos. Pekín cree que ésta es una buena oportunidad para proyectar una imagen distinta del país...
R. Los Juegos duran exactamente 18 días. Los derechos humanos son permanentes. Hablaremos de las olimpiadas en China hasta agosto. Después de ese mes no se volverá a hablar de ello. Cierto es que los Juegos son una oportunidad para que se enfatice el tema de los derechos humanos. Pero si los países no intervienen, no actúan, no emplean algún tipo de bloqueo con China..., seguiremos contando muertos. Ya sean del laogai o de Tiananmen.
P. En su opinión, ¿cómo debería actuar la comunidad internacional con China?
R. Estados Unidos no tiene relaciones con Cuba. Ni con Corea del Norte. Y sin embargo, Bill Clinton negoció acuerdos millonarios con el régimen chino, una dictadura comunista corrupta. George W. Bush recibe sin sonrojo al presidente de China... Podría seguir... Su país, ¿qué hace su país? Nada, como el resto del mundo. Nadie hace nada. ¿Y por qué? Por el dinero. Ésa es la única razón. Hay mucho dinero en juego.
P. ¿Está cansado? ¿Enfadado?
R. No estoy enojado. Ya se ha terminado. Ha terminado [se emociona e intenta contener las lágrimas]. Aunque a veces siento que todavía estoy allí. Y entonces veo a Bush dando la mano y la bienvenida al líder de China... Eso es terrible. Tras la II Guerra Mundial existieron los juicios de Núremberg... ¿Qué pasa con China? [No hacía falta preguntar si está cansado. Su cansancio lo arrastra desde que abandonó su país hace más de dos décadas. Desde entonces ha vuelto en varias ocasiones. Una de ellas, para filmar secretamente un documental de CBS de la serie 60 minutes sobre los laogai. En esa ocasión hizo un testamento antes de abandonar California...].
P. ¿Qué recuerdo le atormenta más de aquellos días?
R. Tengo muchos, todos ellos terribles, pero uno de los que más me obsesionan es aquel día en que ayudaba a otro preso a recuperarse y... finalmente lo mataron. Se murió. De hambre. Era el silencio. Allí estábamos todos tumbados, era de noche, unos al lado de los otros, apretujados por la falta de espacio. Todos callados. Nadie se reía. Nadie gritaba. Nadie lloraba. Todos los días llegaba gente. Todos los días se llevaban a los muertos. El idioma que se hablaba era el de la muerte. "¿Donde está el señor Lee?". "Se lo llevaron como un rollito de primavera". Terrible.
P. Usted ha vivido para contarlo...
R. Sí, pero no soy un héroe. Si eres un héroe, te mueres. Cuando eres un héroe rechazas los interrogatorios. Si luchas, te mueres. ¿Querían que reconociese un crimen? Reconocí mi crimen. Lo que sea. Abandoné mi condición de ser humano. Me reduje de un ser humano a un títere.
P. ¿Llora?
R. Durante muchos años no sabía lo que eran las lágrimas. Nunca lloré. Escuchaba a la gente muriéndose y no sentía nada. Cada mañana me levantaba e iba a trabajar. Así era todos los días, durante 20 años. Por la tarde, cuando regresaba era para buscar comida. Robaba la comida de otros. Me iba a dormir. Eso era todo.
P. ¿Sigue siendo católico?
R. No. Era católico. Era católico cuando tenía 20 años. Después, durante 20 años en el laogai... Dios no me sirvió.
P. ¿Cuándo dejó de ser Wu Hongda para convertirse en Harry Wu?
R. Desde que llegué a Estados Unidos cierro la puerta de mi casa con cerrojo para no dejar entrar al pasado. No quiero saber nada de la política, no quiero leer periódicos. Sólo quiero disfrutar el resto de mi vida. Aunque eso es muy difícil. Pero soy un hombre libre. Me acuerdo de tanta y tanta gente que no es libre... Tantos y tantos. Tú no entiendes, nadie entiende. Tengo 71 años y el final de mi camino está próximo. No me importa. Casi crucé esa línea dos veces. Ahora soy Harry Wu. Un hombre libre. Con una esposa y un hijo de 10 años, Harrison. No me importa ya cuánto tiempo me queda.
El pecado de quemar la comida

Sergio Ramirez/ La Insignia
Si algo visible divide a la izquierda latinoamericana en el poder, es el asunto de los biocombustibles. Desde que el presidente Lula Da Silva proclamó al Brasil como campeón de la producción de etanol extraído de la caña de azúcar para alimentar motores, no tardó en escucharse la voz de Fidel Castro, desde sus "Reflexiones del comandante en jefe" en el periódico Gramma, denunciando como criminal la política de convertir alimentos en carburantes.
El pique ideológico se inflama cuando aparece el presidente de Venezuela, Hugo Chávez, echando combustible al fuego con petróleo puro; y así se han creado dos tipos contradictorios de diplomacia en América Latina: la del etanol, encabezada por Lula, y la del petróleo, encabezada por Chávez.
Mientras la economía de Venezuela gira exclusivamente alrededor del petróleo, la de Brasil es mucho más compleja, y la política de diversificación de combustibles de Lula muestra resultados palpables: 45% del combustible para vehículos en Brasil es producido en base a caña de azúcar cultivada en apenas el 1% de la tierra arable del país. Pero el azúcar también es alimento, si no se toma en cuenta el ron.
Usar comida para alimentar vehículos es aceptar que sean "condenados a muerte prematura por hambre y sed más de 3.000 millones de personas en el mundo", dice Fidel Castro; y, Lula, sin mencionar a su viejo amigo, responde que el problema de la humanidad no es la falta de alimentos, que los hay de sobra, sino que esos alimentos no llegan a los más pobres, con lo que, dedicar tierras agrícolas a producir etanol, no tiene nada que ver con el hambre.
Pero vean quién viene a dar la razón ahora a Fidel Castro: la muy conservadora revista Time, que dedica uno de sus últimos temas de portada a un extenso alegato en contra del uso de los alimentos como combustibles, con argumentos gemelos a los del líder cubano. La energía limpia no es más que un mito, sentencia Time: al sustituir los combustibles fósiles por el etanol, lo que verdaderamente están haciendo es elevando los precios mundiales de los alimentos y empeorando el calentamiento global. En la medida en que los precios del maíz suban, los pobres del mundo comerán menos, y mientras más maíz se siembre para uso de motores, más bosques desaparecerán.
¿Ya habíamos leído eso antes? Claro, hace un año: "Pienso que reducir y además reciclar todos los motores que consumen electricidad y combustible es una necesidad elemental y urgente de toda la humanidad. La tragedia no consiste en reducir esos gastos de energía, sino en la idea de convertir los alimentos en combustible", escribe Fidel Castro.
Time escribe que se privilegia a 800 millones de personas con automóviles, sobre 800 millones de personas con hambre; y si hace 4 años se calculaba, de acuerdo a científicos de la Universidad de Minessota, que el número de hambrientos caería a 625 millones en el año 2025, ahora más bien se sabe que ese número crecerá a 1.200 millones, todo por efecto de los biocombustibles.
El maíz que se necesita para llenar una sola vez el tanque de un vehículo con etanol, es suficiente para alimentar a una persona por un año. Y Robert B. Zoellick, Presidente del Banco Mundial, y anterior mano derecha de Condoleezza Rice, afirma: "mientras muchos están preocupados por llenar sus tanques de gasolina, muchos otro luchan en el mundo por llenar sus estómagos". Gasolina y comida cada vez más caras: la FAO informa que en los últimos nueve meses, el precio de los alimentos ha subido en el mundo un 45 por ciento.
¿Y Fidel Castro? "Hoy se conoce con toda precisión que una tonelada de maíz sólo puede producir 413 litros de etanol como promedio, de acuerdo con densidades, lo que equivale a 109 galones. El precio promedio del maíz en los puertos de Estados Unidos se eleva a 167 dólares la tonelada. Se requieren por tanto 320 millones de toneladas de maíz para producir 35.000 millones de galones de etanol."
Y está también el alegato de Time acerca del grave daño ecológico que causan los biocombustibles, a través de un vicioso círculo diabólico. A pesar de que Brasil no produce etanol en base al maíz, los productores de Estados Unidos venden una quinta parte de sus cosechas a las fábricas de etanol, provocando que los productores de soya, atraídos por los precios, se pasen al maíz, con lo que la soya sube, y empuja a los agricultores brasileños a cultivarla a costa de los pastos, de modo que los ganaderos, expulsados por la soya, se tragan cada año miles de kilómetros cuadrados de selva.
Producir maíz y oleaginosas para combustibles, resulta en un descalabro ecológico. ¿Según Time? ¿o según Fidel Castro? Según Fidel Castro: "aplíquese esta receta a los países del Tercer Mundo y verán cuántas personas dejarán de consumir maíz entre las masas hambrientas de nuestro planeta. O algo peor: présteseles financiamiento a los países pobres para producir etanol del maíz o de cualquier otro tipo de alimento y no quedará un árbol para defender la humanidad del cambio climático". Y Time agrega aquiescente: "si se toma en cuenta el efecto de la deforestación, el etanol de maíz y el biodiesel de soya vienen a provocar el doble de las emisiones de carbono causados por la gasolina."
El próximo editorial de la revista Time, ya se ve, lo puede escribir Fidel Castro.
Ginebra, abril del 2008.

Y mientras todo esto ocurre, un país latinoamericano, Ecuador, está discutiendo una nueva Constitución. Y en esa Constitución se abre la posibilidad de reconocer, por primera vez en la historia universal, los derechos de la naturaleza.
La naturaleza tiene mucho que decir, y ya va siendo hora de que nosotros, sus hijos, no sigamos haciéndonos los sordos. Y quizás hasta Dios escuche la llamada que suena desde este país andino, y agregue el undécimo mandamiento que se le había olvidado en las instrucciones que nos dio desde el monte Sinaí: “Amarás a la naturaleza, de la que formas parte”.
Durante miles de años, casi toda la gente tuvo el derecho de no tener derechos.
En los hechos, no son pocos los que siguen sin derechos, pero al menos se reconoce, ahora, el derecho de tenerlos; y eso es bastante más que un gesto de caridad de los amos del mundo para consuelo de sus siervos.
¿Y la naturaleza? En cierto modo, se podría decir, los derechos humanos abarcan a la naturaleza, porque ella no es una tarjeta postal para ser mirada desde afuera; pero bien sabe la naturaleza que hasta las mejores leyes humanas la tratan como objeto de propiedad, y nunca como sujeto de derecho.
Reducida a mera fuente de recursos naturales y buenos negocios, ella puede ser legalmente malherida, y hasta exterminada, sin que se escuchen sus quejas y sin que las normas jurídicas impidan la impunidad de sus criminales. A lo sumo, en el mejor de los casos, son las víctimas humanas quienes pueden exigir una indemnización más o menos simbólica, y eso siempre después de que el daño se ha hecho, pero las leyes no evitan ni detienen los atentados contra la tierra, el agua o el aire.
Suena raro, ¿no? Esto de que la naturaleza tenga derechos... Una locura. ¡Como si la naturaleza fuera persona! En cambio, suena de lo más normal que las grandes empresas de Estados Unidos disfruten de derechos humanos. En 1886, la Suprema Corte de Estados Unidos, modelo de la justicia universal, extendió los derechos humanos a las corporaciones privadas. La ley les reconoció los mismos derechos que a las personas, derecho a la vida, a la libre expresión, a la privacidad y a todo lo demás, como si las empresas respiraran. Más de 120 años han pasado y así sigue siendo. A nadie le llama la atención.
Nada tiene de raro, ni de anormal, el proyecto que quiere incorporar los derechos de la naturaleza a la nueva Constitución de Ecuador.
Este país ha sufrido numerosas devastaciones a lo largo de su historia. Por citar un solo ejemplo, durante más de un cuarto de siglo, hasta 1992, la empresa petrolera Texaco vomitó impunemente 18 mil millones de galones de veneno sobre tierras, ríos y gentes. Una vez cumplida esta obra de beneficencia en la Amazonia ecuatoriana, la empresa nacida en Texas celebró matrimonio con la Standard Oil. Para entonces, la Standard Oil de Rockefeller había pasado a llamarse Chevron y estaba dirigida por Condoleezza Rice. Después un oleoducto trasladó a Condoleezza hasta la Casa Blanca, mientras la familia Chevron-Texaco continuaba contaminando el mundo.
Pero las heridas abiertas en el cuerpo de Ecuador por la Texaco y otras empresas no son la única fuente de inspiración de esta gran novedad jurídica que se intenta llevar adelante. Además, y no es lo de menos, la reivindicación de la naturaleza forma parte de un proceso de recuperación de las más antiguas tradiciones de Ecuador y de América toda. Se propone que el Estado reconozca y garantice el derecho a mantener y regenerar los ciclos vitales naturales, y no es por casualidad que la Asamblea Constituyente ha empezado por identificar sus objetivos de renacimiento nacional con el ideal de vida del sumak kausai. Eso significa, en lengua quichua, vida armoniosa: armonía entre nosotros y armonía con la naturaleza, que nos engendra, nos alimenta y nos abriga y que tiene vida propia, y valores propios, más allá de nosotros.
Esas tradiciones siguen milagrosamente vivas, a pesar de la pesada herencia del racismo que en Ecuador, como en toda América, continúa mutilando la realidad y la memoria. Y no son sólo el patrimonio de su numerosa población indígena, que supo perpetuarlas a lo largo de cinco siglos de prohibición y desprecio. Pertenecen a todo el país, y al mundo entero, estas voces del pasado que ayudan a adivinar otro futuro aposible.
Desde que la espada y la cruz desembarcaron en tierras americanas, la conquista europea castigó la adoración de la naturaleza, que era pecado de idolatría, con penas de azote, horca o fuego. La comunión entre la naturaleza y la gente, costumbre pagana, fue abolida en nombre de Dios y después en nombre de la civilización. En toda América, y en el mundo, seguimos pagando las consecuencias de ese divorcio obligatorio.

La Insignia
Una de las mejores maneras de entender África pueden ser los libros de viaje escritos con conocimiento de causa, y sentimiento de causa. Entre esos libros anoto Ébano, de Ryszard Kapuscincki, el célebre periodista polaco, y Risa africana, de la ganadora del Premio Nóbel de Literatura Doris Lessing, quien vivió hasta los treinta años de edad en Zimbabwe, la antigua Rhodesia de la supremacía blanca, y luego fue declarada "inmigrante prohibida" por el gobierno racista de Ian Smith.
En Risa africana, publicado en 1992, Doris Lessing cuenta de sus cuatro viajes a Zimbabue, posteriores a su exilio, el primero de ellos recién conquistada la independencia en 1980, tras el triunfo de la lucha guerrillera de la Unión Popular Africana de Zimbabue (ZAPU), encabezada por Robert Mugabe, quien habría de gobernar al nuevo país como primer ministro, y luego como presidente, desde entonces hasta ahora, por casi tres décadas. La democracia en Zimbabue, dice ella, "había sido disfrutada por los blancos, pero jamás por los negros, que sólo experimentaron diversas formas de represión". Un libro de viajes, además de un libro de memorias, porque Doris Lessing consideró siempre a Zimbabue su propio país, y el exilio que le fue impuesto, una mutilación de su alma. Pero también, y ésta es una lectura útil en estos días en que el reinado de Mugabe parece tocar a su fin, un libro que ofrece una visión de primera mano acerca de la derrota del régimen colonial, y toda la trama de complejas consecuencias producidas por el advenimiento de la emancipación.
Los grandes ideales de una revolución ganada con sangre, las esperanzas de la gente más pobre, los temores y las incertidumbres que la transición despierta, los esfuerzos por extender la educación en un país donde la inmensa mayoría negra, el 98% de la población, no sabía ni leer ni escribir. La desconfianza y el resentimiento frente a los hacendados blancos, los dueños de la riqueza, a los que Mugabe supo retener al principio, con lo que Zimbabue no perdió su capacidad productiva, y se convirtió en uno de los principales exportadores de alimentos de África.
Pero en sus viajes sucesivos, mientras los ideales liberadores del principio van quedándose en la bruma del pasado, ella puede ver cómo los viejos vicios del poder empiezan a carcomer al partido guerrillero en el gobierno. Un partido único para empezar, encabezado por el único líder posible, Mugabe, el héroe de la lucha anticolonial, rodeado de curtidos combatientes ahora instalados en las oficinas públicas. Los escándalos de corrupción, el clientelismo político que asegura la lealtad de los campesinos más pobres a través de las dádivas, el populismo fatal que sustituye la verdadera participación ciudadana. Donde nunca hubo democracia para la mayoría negra, ahora lo que hay es un remedo de democracia.
Sin embargo, diez años después de la toma del poder por Mugabe, para su segundo viaje, ella piensa que aún es prematuro juzgar esos cambios, porque la democracia sigue siendo un concepto demasiado nuevo entre los negros en Zimbabue. La gente sigue llena de esperanzas, empeñada en un futuro diferente; y la hostilidad entre negros y blancos continúa, además, lo que no es poca rémora para el funcionamiento del país. Los blancos tienden a preservar su espíritu de colonizadores, y a ver a los negros como inferiores.
Pero también hay ya una nueva clase entre los negros con poder político y aquellos que han tenido oportunidad de hacer negocios a la sombra de Mugabe. Son "los jefes", que imitan a los blancos en sus gustos y en sus lujos, y remedan su cultura, su manera de vestir y de divertirse, los que quieren ser los "negros blancos". La represión contra los descontentos no se hace esperar, y así se inician el terror y las purgas en los mismos años ochenta triunfales.
El libro se cierra, pero no la historia de Zimbabue. Mugabe renuncia al sistema de partido único en 1990, pero no renuncia a quedarse para siempre, como el líder imprescindible, lejos del ejemplo que llegó a sentar Nelson Mandela en la vecina Sudáfrica, quien abrió las puertas a la verdadera democracia al apartarse del poder. En cambio, Mugabe le robó las elecciones en 2002 al líder sindical Morgan Tsvangarain.
Al abrirse el nuevo siglo, el viejo héroe guerrillero había ya dejado de ser popular entre las masas pobres. El alto crecimiento económico que Zimbabue había conseguido no era sino un recuerdo, y la reforma agraria decretada en 1998, en busca de equilibrar la propiedad de la tierra cultivable que permanecía en un 32% en mano de la minoría blanca, vino a precipitar el desastre agravado por el bloqueo de Estados Unidos y la Unión Europea.
La esperanza de vida es ahora de apenas 36 años, la mortalidad infantil es de 650 por mil hasta los 10 años, la inflación anual del 10.000%, la tasa de desempleo del 80%; y el control de los precios ha llevado a la quiebra de centenares de empresas, y al encarcelamiento de los propietarios acusados de conspiración para desestabilizar al país. Y no solo ha resultado destruida la agricultura comercial, sino la de subsistencia.
Ahora Mugabe parece no poder sostener más su reinado de poder omnímodo, a pesar de la lealtad absoluta de las fuerzas de seguridad, y del sometimiento del Consejo Electoral, encargado de contar los votos. Tras la resistencia inicial a reconocer su derrota en las recién pasadas elecciones, ya ha concedido que perdió la mayoría en el parlamento y en el senado; y aunque no acepta que su antiguo rival Morgan Tsvangarain le ganó otra vez, y quiere forzar una segunda vuelta, no parece que pueda quedarse más en la silla presidencial que hasta ahora creyó eterna, a no ser al costo de la violencia, y de más miseria y ruina.
A los 84 años de edad, los vientos de la historia se lo llevan.
Nueva York, abril del 2008.
Volvi!
No fue facil.
Ahora me pondre al dia con la rutina y con la vida.
En unos dias estare posteando de nuevo.
OUT OF TOWN !!
My daughter is getting married!
WILL BE BACK SOON
Daniel Barenboim shuns Israel's 60th anniversary
Ynet
Controversial conductor to lead orchestra of Israeli, Palestinian youths in concert 'against ignorance' in Jerusalem, says he will not partake in upcoming festivities marking Israel's independence out of respect for Palestinian suffering
Associated Press
Israeli conductor Daniel Barenboim will lead an orchestra of 33 young Israeli and Palestinians in Jerusalem Friday in what he called a concert ''against ignorance and lack of curiosity'' on both sides of the conflict.
At a news conference Thursday in the concert hall of the YMCA on the Jewish side of the city, Barenboim said Friday's two performances, entitled ''A concert for two peoples,'' will be the first time the young musicians have played together in public.
Barenboim, who was born in Buenos Aires and grew up in Israel, has drawn much criticism for his views on the Israeli-Palestinian conflict and his decision to perform the works of Hitler's favorite composer, Wagner. He drew fresh fire in January when it became known that he had accepted honorary Palestinian citizenship in recognition of his work to promote musical education for young Palestinians.
He said Thursday he would not be taking part in festivities later this year marking 60 years since the founding of the state of Israel, which Palestinians mark as the anniversary of what they call al-Naqba, Arabic for 'the catastrophe.'
''It is 60 years of Israel's independence, which also means that it is 60 years of suffering of the people who were here,'' he said.
He described Friday's planned performance as ''an anti-political gesture.''
''This concert is a recognition of the fact that the conflict is primarily a human conflict and has to be solved as such,'' he said. ''We have to take this conflict away from the political and military area and bring it back to what it really is.''
Along with the late Palestinian-American intellectual Edward Said, Barenboim formed the West-Eastern Diwan orchestra, which brings together young Israeli and Arab musicians. Some will be playing in the smaller ensemble Friday in a program of works by Mozart and Mendelssohn.
In December, Israeli military officials prevented a Palestinian member of the Diwan group from entering the Gaza Strip to take part in a festival of baroque music there, leading to the cancellation of a planned performance in a Gaza church.
''It is not very intelligent to stop activities like this,'' Barenboim said. ''I cannot really see the link between that and the security of the state of Israel, and I think that it's very stupid to provide the 200 people who were going to go and hear this baroque music with one more element of hatred.''

Seguro. Y George W. Bush se puso un encantador poncho en Santiago, y Paul Wolfowitz, entonces presidente del Banco Mundial, salió en YouTube con sus rutinas de danza africana. La evidente diferencia es esta: cuando los políticos blancos se ponen étnicos, simplemente se ven chistosos. Cuando lo hace un contendiente negro a la presidencia, se ve extranjero. Y cuando la indumentaria étnica en cuestión se asemeja vagamente a la que usan los luchadores iraquíes y afganos (al menos a los ojos de mucha audiencia de la cadena Fox, que piensa que cualquier indumentaria en la cabeza que no sea una cachucha de béisbol es una declaración de guerra a Estados Unidos), la imagen es francamente aterradora.
El “escándalo” del turbante es parte de la llamada “difamación musulmana”. Incluye de todo, desde la repetición exagerada del segundo nombre de Obama, a la campaña en Internet que asegura que Obama asistió a una madraza fundamentalista en Indonesia (una mentira), prestó juramento bajo el Corán (otra mentira) y que si fuese electo instalaría bocinas de RadioShack en la Casa Blanca para transmitir el llamado musulmán al rezo (yo me inventé esa).
Hasta ahora, la campaña de Obama ha respondido con agresivas correcciones que venden su fe cristiana y atacan a los atacantes. “Barack nunca ha sido musulmán ni ha practicado otra fe que no sea la cristiana”, declara una hoja informativa. “No soy y nunca he sido de la fe musulmana”, le dijo Obama a un reportero de Christian News .
Claro, Obama tiene que dejar las cosas claras, pero no tiene por qué parar ahí. Lo inquietante de la respuesta de la campaña es que no desafía la vergonzosa y racista premisa tras la “difamación musulmana”: que ser musulmán es, de facto , una fuente de deshonra. Los seguidores de Obama a menudo dicen que son swiftboarded (referencia a una campaña ultraderechista para desprestigiar al entonces candidato John Kerry, atacando su fama como héroe militar en Vietnam. N. de la T.) y aceptan la idea de que ser acusado de ser musulmán equivale a ser acusado de traición.
Sustituyan otra creencia o etnicidad, y se podrán imaginar una respuesta muy distinta. Consideren un informe de los archivos de The Nation . Hace 13 años, Daniel Singer, el fallecido corresponsal en Europa, a quien se extraña mucho, fue a Polonia a cubrir unas reñidas elecciones presidenciales. Reportó que la carrera había descendido a un feo debate acerca de si uno de los candidatos, Aleksander Kwasniewski, era un judío de clóset. La prensa aseguraba que su madre fue enterrada en un cementerio para judíos (ella seguía viva), y un popular programa de televisión transmitió un sketch con el candidato cristiano vestido como un judío jasídico. “Lo que me perturbó”, Singer observó con ironía, “fue que los abogados de Kwasniewski amenazaron con demandar por difamación, en vez de presentar cargos bajo la ley que condena la propaganda racista”.
No deberíamos esperar menos de la campaña de Obama. Cuando se le preguntó durante el debate en Ohio acerca del apoyo de Louis Farrakhan a su candidatura, Obama no dudó en calificar los comentarios antisemíticos de Farrakhan como “inaceptables y reprehensibles”. Durante el mismo debate, surgió la crisis de la foto del turbante, y no dijo nada.
Los tristemente famosos comentarios de Farrakhan acerca de los judíos los dijo hace 24 años. La orgía de odio de la “difamación musulmana” se desarrolla en tiempo real, y promete intensificarse en una elección general. Estos ataques no sólo “difaman la fe cristiana de Barack”, como aseguró John Kerry. Son un ataque a todos los musulmanes, algunos de los cuales en efecto ejercen su derecho a cubrirse la cabeza y llevar a sus hijos a una escuela religiosa. Miles hasta tienen el muy común nombre de Hussein. Todos observan cómo su cultura es usada como un arma contra Obama, mientras que el candidato, símbolo de la armonía racial, no los defiende. Esto, en un tiempo en que los musulmanes estadunidenses sufren violaciones contra los derechos civiles, por parte de la administración Bush, incluyendo intervenciones telefónicas, y enfrentan un documentado incremento en el número de crímenes de odio.
Ocasionalmente, aunque no lo suficientemente seguido, Obama dice que los musulmanes se “merecen respeto y dignidad”. Lo que nunca ha hecho es lo que Singer llamó a que se hiciera en Polonia: denunciar los ataques en sí mismos como propaganda racista, en este caso contra los musulmanes.
Lo esencial de la candidatura de Obama es que sólo él –quien de niño vivió en Indonesia y tiene una abuela africana– puede “reparar el mundo”, tras la bola de demolición de Bush. Ese trabajo de reparación comienza con los mil 400 millones de musulmanes en el mundo, muchos de los cuales están convencidos de que Estados Unidos libra una guerra contra sus creencias. Esta percepción se basa en hechos, entre ellos, el hecho de que los civiles musulmanes no se contabilizan entre los muertos en Irak y Afganistán; que el Islam ha sido profanado en las prisiones manejadas por Estados Unidos; que votar por un partido islámico resultó en más castigo para Gaza. También fue avivada por el incremento en una virulenta clase de islamofobia en Europa y América del Norte.
Como el blanco más visible de este creciente racismo, Obama tiene el poder de ser algo más que su víctima. Puede usar los ataques para comenzar el proceso de reparación global, la promesa más seductora de su campaña. La próxima vez que le pregunten si es musulmán, Obama puede responder no sólo aclarando los hechos, sino dándole la vuelta al asunto. Puede declarar que si bien una relación con una cabildista farmacéutica puede ser digna de ser revelada, ser musulmán no. Cambiar los términos del debate no sólo es moralmente justo sino tácticamente inteligente: es la única respuesta que podría calmar estos odiosos ataques.
La mejor parte es esta: a diferencia de frenar la guerra en Irak y cerrar Guantánamo, enfrentarse a la islamofobia no necesita esperar hasta después de la elección. Obama puede usar su campaña para comenzar desde ahora. Que comience la reparación.
Copyright 2008 Naomi Klein
EL FIN DE LA GUERRA

Jorge Ramos Avalos
“¿Hay una manera de liberar a los seres humanos de la fatalidad de la guerra?” No, esta frase no la dijo ninguno de los millones de personas que actualmente se oponen a la guerra en Irak y que está cumpliendo 5 años en este mes. No. La escribió Albert Einstein, el científico alemán y naturalizado estadounidense, a Sigmund Freud, el siquiatra austríaco y creador del sicoanálisis, en una carta en 1932. La carta fue enviada cuando ya se gestaba la segunda guerra mundial.
Freud le respondió que “solo será posible con seguridad evitar las guerras si los seres humanos se ponen de acuerdo para establecer un poder central, al cual se conferiría la solución de todos los conflictos de intereses.”
Pero ni la Sociedad de Naciones, creada en 1919, ni la Organización de Naciones Unidas (ONU) formada en 1945 han podido evitar todas las guerras. Más que un “poder central”, como proponía Freud, la ONU solo refleja la voluntad de sus miembros y en muchos de ellos prevalece un afán beligerante.
Sin embargo, Freud creía también que para detener las guerras se necesitaba una “actitud cultural (antibélica) y el fundado temor a las consecuencias de la guerra futura.”
Tenemos que reconocer que antes del inicio de la guerra en Irak nunca hubo una actitud cultural antibélica. Por el contrario, prevaleció un deseo de atacar antes de asegurarse que ahí existieran armas de destrucción masiva. No se le permitió a los inspectores internacionales terminar su trabajo. Y a pesar de que Estados Unidos no obtuvo los votos necesarios en el Consejo de Seguridad de la ONU en el 2003 para aprobar la guerra, el presidente Bush dio la orden de atacar. Si algo prevaleció en ese entonces fue una cultura bélica.
¿Cómo explicarle a un niño que no le debe pegar a otro cuando ve por televisión y en la internet que los adultos usan la violencia y la guerra para resolver sus problemas? La guerra se aprende en casa. Cuando el diálogo y la tolerancia son reemplazados por el manotazo, la nalgada, la cachetada, estamos formando a los guerreristas del futuro.
Pero si no se puede crear una actitud antibélica en una generación, al menos se puede –como sugería Freud- generar terror y horror por la guerra. Y es aquí donde entra el papel de los periodistas.
La guerra del golfo pérsico en 1991 fue la primera transmitida en vivo por televisión. Aún recuerdo las narraciones de los reporteros de CNN cuando cayeron las primeras bombas norteamericanas en Bagdad. El invasor ejército iraquí fue obligado a salir de Kuwait y derrotado en solo 100 horas.
Pero los televidentes no vieron ni muertos ni sangre. Vieron, en cambio, unos videos tomados desde el aire con los proyectiles explotando a lo lejos. Las imágenes parecían unos inocentes juegos de video para niños de 9 años. Fue la primera guerra “aséptica”. Los muertos, amontonados y putrefactos, que me tocó ver como periodista en la ciudad de Kuwait no fueron visto por la mayoría de los televidentes en el mundo.
Hoy en día también se quiere limpiar la guerra en Irak, a pesar de que ya han muerto casi cuatro mil soldados norteamericanos y más de 81 mil civiles iraquíes (según el sitio www.iraqbodycount.org).
En los noticieros de televisión casi no vemos a los muertos y heridos. Varios gobiernos prohiben filmar los cadáveres y los féretros de soldados caídos en la guerra. Es, argumentan, por respeto a sus familias y para no bajarle la moral a las tropas.
Sin embargo, así no conocemos la brutalidad de la guerra en Irak. Solo vemos la partecita desinfectada que permite que se sigan matando. Si viéramos todos los días la manera en que queda un cuerpo humano después de un bombazo, de un ataque suicida o de una explosión al borde del camino, creo que hace mucho se hubiera detenido la guerra en Irak. Cada niño muerto, cada inocente herido, sería una puñalada a la conciencia de los que retrasan un verdadero acuerdo de paz y el consecuente retiro de las tropas.
La guerra es algo brutal. Por lo tanto, la cobertura noticiosa de una guerra debería serlo también. Brutal. Debería –si seguimos los consejos de Freud- hacer vomitar al que la ve. Debería revolver los intestinos hasta que obligue a apagar el televisor y provocar las peores pesadillas. Debería perturbar hasta el grado de decir: ¡basta ya!
Los periodistas somos culpables por partida doble por la guerra en Irak. Primero, por no hacer las preguntas difíciles, incómodas, a quienes iniciaron una guerra en un país que no atacó a Estados Unidos ni tuvo nada que ver con los actos terroristas del 11 de septiembre del 2001. Y ahora por no mostrar toda la monstruosidad de la guerra.
Todo parece indicar que habrá guerra en Irak al menos hasta que el presidente Bush entregue el poder el 20 de enero del 2009. Luego, quién sabe. Pero lo que sí está claro es que nuestras preocupaciones sobre cómo ponerle fin a los conflictos bélicos son las mismas que las de Einstein y Freud entre la primera y la segunda guerra mundial.
A 76 años de ese intercambio de cartas, no hemos aprendido mucho. La guerra es la absoluta confirmación de que fallamos, de que no pudimos solucionar nuestros conflictos con el diálogo y la diplomacia. La guerra es el fracaso.

